La senda de la muerte
Son las 8 de la noche, hace frío, los nervios en el ambiente parecen aumentar conforme van pasando los minutos, los chiste y las bromas relacionadas con la muerte se hacen cada vez más frecuentes, entre las casi 60 personas que están a punto recorrer los tétricos pasajes del cementerio general.
De repente, aparece detrás de una de las tumbas un hombre que tiene pinta de jorobado de “notre dam”. Nos mira con ojos desenfocados y con voz de ayudante de frankenstain se presenta como “Lutor”, el guía de nuestro recorrido por el sector norte del cementerio, más conocido como el sector popular y nos comenta que este camposanto se fundó en 1825, que tiene una extensión 86 hectáreas, que equivalen a 117 canchas fútbol. Nos pide que encendamos nuestras velas y luego de un instante de silencio, empieza hacer una oración a los muertos, para que estos nos den permiso de invadir sus moradas sin enojarse, de lo contrario señala “háganos saber su molestia de la forma que más estimen conveniente” y en ese momento se escucha un golpe que parece salir de una de las tumbas, la gente grita y el recorrido se inicia.
El recorrido comienza con la visita a una increíble replica de la iglesia San Francisco de 1930 y en ese momento me doy cuenta que detrás estos mauseleos, tumbas y lapildas hay miles de personas que probablemente tembién recorrieron las cendas de este cemeterio antes de convertirse en almas errantes. La gente se empieza a poner más inquieta y nos acercamos a una de las galerías de nichos que están al frente y nuestro guía empieza a contarnos la historia de unos cuidadores que en la noche empezaron a escuchar como un ataúd se azotaba y unos gritos que parecían venir del infierno. Pese al pavor paralizante que sentían, los cuidadores decidieron acercarse e iniciar la tarea de sacar el ataúd, cuando por fin lograron abrirlo, no podían creer que el cura que acaban de enterrar, estaba vivo, había sido sepultado vivo. Él había sido víctima de catalepsia...

